PROCUSTO 2.0

«Ellos querrán matarte, besarte o ser tú», dijo la destacada escritora de Hartford, Connecticut, Suzanne Collins.

Desde aquel gran acontecimiento premortal hasta mucho más allá del famoso Beso de Judas, hemos conocido ese sentimiento o emoción de autoestima baja, de inferioridad que causa el deseo de la superioridad, de los logros y bienes ajenos. Dicho sentimiento fue descrito en un óleo en 1822 por el famoso pintor francés Théodore Géricault como «La Monomaníaca de la Envidia».

De Raquel a su hermana Lea, de sus hermanos a Zafnat-panea, nos damos por enterados de que el envidioso experimenta una tristeza, una pena y una frustración por tu trabajo, belleza, inteligencia, ingenio, pareja, sentido del humor, valentía, dinero, carisma, simplicidad y hasta por la brillante luz que tú irradias.

En la mitología griega, Poseidón, dios del mar y uno de los doce dioses del Olimpo, era el progenitor del famoso Procusto. Era un hombre afable y simpático con todos los transeúntes a los que invitaba a pasar la noche en su gran fortaleza. Cuando estos dormían, los ataba de pies y manos en cada una de las esquinas de la cama. Si los invitados eran muy altos o largos y no cabían en la cama, los cortaba por los pies, brazos e incluso cabezas hasta que encajaran en ella.  Y si eran más pequeños, estiraba sus cuerpos hasta dislocarlos y usaba el martillo de su herrero para martillar sus piernas hasta que los cuerpos quedaran justo a la medida de la cama.  Debían encajar con exactitud para que él siguiera haciendo de las suyas con ellos. Más tarde, su hermano Teseo lo mataría de la misma forma en que él asesinaba a cada una de sus víctimas.

En otro de los lados oscuros de la psicología, encontramos el Lecho de Procusto. Así como este de manera terrorífica y arbitraria «adaptaba el tamaño de sus víctimas en relación con el tamaño de la cama» hasta matarlas, en contraste con su actitud amigable, servicial y de buen hombre para cazar a su presa, así mismo existen personas hoy en día con un parecido historial clínico, los cuales te muestran amabilidad, amistad, cariño, adulación y de una manera algo ilógica e irracional, sacan sus garras y buscan usarte para tener lo que tienes o mucho más, con el fin de satisfacer sus propios intereses.

Esta figura se aplica en la familia, en la sociedad, en la política y comúnmente en los negocios. Por ejemplo, si eres una persona trabajadora, proactiva, con iniciativa y responsable, es casi seguro que eso le molestará a alguien más, quien tratará por todos los medios necesarios de que esa empresa prescinda de tus servicios tan solo por destacarte; algo contradictorio. En general siempre habrá alguien intolerante a la diferencia de clases,  educación, estatus social y económico.

Aunque esto no se trata de una competencia, en tu vida siempre te toparás con personas que no resisten verse superadas por tu talento y tratarán de minimizarte, de menospreciarte porque, en contraste a la razón, si ellos no logran ser exitosos en sus vidas, tampoco quieren que tú lo seas, producto de la propia mediocridad humana.

Y como diría Elifaz a Job, «es cierto que al necio la ira lo mata, y al codicioso lo consume la envidia».

¡Hasta la próxima!